Sus cabellos recogidos
con pinzas sobre su testa.
Él sólo esperaba el rito
sagrado, sin más temor.
Las mujeres, su camino,
hacia la vida infantil
le hacían ver sacrificios
en los bebés de sus tripas
aunque sólo fuese un mito.
Detrás de la puerta abierta
dormía tumbado el círculo,
cual remolino voraz,
Un paso hacia el caos maldito
no me queda más, maría.
Afuera, la gente vino
vistiendo ropas vistosas,
sus rostros eran cetrinos.
En esta gran ceremonia
debían acudir listos
para observar y callar.
Heineken salió del nido
a lo grande, por la puerta.
Se puso junto a los niños,
deslizó du pinza fuera
de sus cabellos merinos,
Allá, el barbero chamán
le esperaba con cepillos
y en otra mano, tijeras.
Le robó su voz de crío
al tiempo que le decía,
es importante el olvido
y sobre todo, su ciencia
que carece de vestigios
en la mente filosófica,
pero no en el pragmatismo.
Y sobre la alfombra roja
fueron mechones dolidos
por su romántica impronta
pero sin romanticismo.
Dentro del alma de Heineken
las estrellas con sus picos
se diluían sedientas
en la noche del mes Niño,
diciembre del 2012.
Las mujeres con sus filos
recogían los cabellos
que caían hacia el frío.
Ellas, las que eran tan pulcras
y comulgaban con Cristo
vertieron su beldad casta
en los crueles mensajitos
a la más alta deidad.
En sus mentes, los barítonos
les llevaban un secreto,
el silencio tan bendito
y las canciones de Heineken.
memorias como palitos
que el viento hacía volar.
Rehusaban ver su ídolo
hecho trizas por leones
en el más funesto circo.
Cuando el barbero chamán
cortó el último pelillo
Heineken sintió un gran peso
por poco y luego, vacío.
Al finalizar el grupo
bendicieron ese rito
con champanes y aguardiente
y olvidaron lo festivo
de la noche del final
de los tiempos, ¡y sin vino!
Malditos bastardos
Hace 2 meses

