A ratos la urticaria de tentáculos
especulaba sobre el pecho amable,
unas veces, gemía el cielo ritmos,
otras veces, tentaba el sol los techos.
La música sonaba sin parar,
las mujeres sudaban sus camisas,
y los hombres pedían otro trago.
A ratos, el olor de festival
restaba pestes sobre el tenedor
que insistía en pinchar a la cuchara
y el camarero fue a dar un saludo
al vicio feligrés que era caníbal
hasta que sus ojeras le asustaron
en la luna del bar que olía a cielo.
A ratos, de aquel tacto de los sexos,
sólo quedaban frías peripecias,
que firmaban facturas de lunáticos
de aquellos que se fueron del bar solos
y no hallaron la calle del consuelo.
A ratos, los tentáculos se abrían
luces fosforescentes eran paz,
aunque el alcohol ya hubiese hecho diezmos
de las defensas púberes en sangre
que luego vendería al jornalero
del tiempo y la vejez, compañas breves.
Una cabeza, útero de sol,
una mano, mirada tan audaz...
la piel, desenfocada por el flash...
A ratos, el océano tragaba
los diecisiete abriles de Rebeca
y su instante de gloria era humo,
alcohol y hormonas llenas de optimismo.
Malditos bastardos
Hace 2 meses

