Lady cartón se vuelca
entre abogados
de la pestilencia,
sabe de murmullos
que se pegan a la garganta,
pero no le importa
porque ella desconoce
la esencia de los dioses.
Duerme
como las casitas de papel
o las pajaritas:
le da igual donde la lleve el viento
porque siempre habrá un borracho
que recoja sus retales,
siempre habrá un querido
que la infle el espacio,
que la llame doctora
y que calme sus males.
Lady cartón
también conoce a los niños,
les manda flores
de madrugada,
cuando las pesadillas
son más terribles
y el niño vuela
con el regusto
del algodón
y de la carne adobada
y del postre flambeado
hacia estancias más saludables
donde lo quirúrgico sea
un beso a medianoche
o una condena
por ser tan enano,
cuando la resaca
va antes de la terapia
y no puedes engañar
a tu sombra
que es la reina del foxtrot
y de las duchas de vómito.
Lady cartón
se perfuma con el tiempo,
que no hay mejor
universidad que la calle,
pero su vida
es un redoble de tambores,
que sacan de quicio
a los melómanos,
incapaces de encontrar
en el olor a nada
una pizca de humanidad.
Malditos bastardos
Hace 2 meses

