Mi nombre es Rosalía Linde Camacho

Este blog es prioritariamente de poesía, aunque no descarto la posibilidad de poner un comentario sobre otro tema. Doy la bienvenida a todo el mundo que quiera entrar en mi espacio y dejar sus impresiones sobre lo que hay en él.

domingo, octubre 18, 2009

Valeria

Valeria se mira al espejo. Ve un universo de cuásares, lombrices y atrapasueños. Ella es una joven que no teme las extrañezas de la vida, de hecho las busca con sus ojos curiosos. Su padre le dijo un día que debajo del felpudo de la entrada había un mamut, que estos se habían extinguido hace muchos años, pero que a ese mamut en concreto lo habían revivido las recetas de la madre de Valeria. Esta fue a mirar debajo del felpudo y efectivamente: en él estaba grabada la imagen de un mamut. Ella cogió uno de los pasteles de mamá y lo puso debajo del felpudo, después lo pisoteó.
Su madre salió toda contrariada al porche y la reprendió. Como castigo, le dijo a Valeria que debía quedarse una semana en su cuarto, sin móvil ni Internet. A Valeria no le importaba, porque su mayor distracción no consistía en relacionarse con los demás, sino en observar las cosas pequeñas.
Desde su ventana,en la que había colgado un atrapasueños, veía el jardín y como vivía en la planta baja, era capaz de apreciar los pequeños detalles de lo que ocurría entre los arbustos. También tenía un telescopio, con el que observaba las estrellas, que aunque son grandes, Valeria bien lo sabe, desde la Tierra y en concreto, desde su pequeño chalecito a las afueras, parecían pequeños puntos; cuando ella apuntaba hacia esos puntitos brillantes con la mirilla de su telescopio, de repente crecían y se hacían gigantes, igual que las lombrices de agua en su microscopio.
Valeria tenía un Lego y las horas vivas, porque para ella nunca eran horas muertas, se dedicaba a construir centros comerciales desde los que vendía sus lombrices, sus estrellas y alguno de los dedales de la colección de la abuela. La gente que habitaba entre las construcciones de sus piezas de Lego, le hablaban del mar y resultaba curioso, porque ella sólo lo había visto una vez y tampoco le entusiasmó: era demasiado grande, demasiado inmenso, nada que pudiese caber en su pequeño cuarto de cuatro por tres metros cuadrados.
Antes de que su madre la dejase sin Internet, Valeria curioseó sobre el mar y buscó en el navegador con las palabras clave “inmensidad océano”; encontró un montón de resultados, pero filtrado entre ellos, se encontraba una página muy curiosa en la que entró y al abrirla pudo ver un ataúd, lo abrió dándoles con el puntero del ratón y click izquierdo, dentro estaba ella con sus lágrimas de rabietas y un mensaje que decía: no me conoces, ni sabes cuál es mi nombre, pero yo a ti sí te conozco, porque todas las noches, antes de acostarme veo reflejados en el espejo del baño, tu casa, tus no amigos, tu familia y tus piezas de Lego. Valeria no se asustó, porque era una chica intrépida y le preguntó a la niña farsante que cuándo la había visto a ella misma, Valeria, por primera vez; la niña le contestó que en su cumpleaños. Valeria giró la vista hacia el regalo de su abuela, aún por abrir, y le preguntó a su otro yo misterioso: Conoces el mar? Su otro yo, cuyo nombre desconocía, ni siquiera sabía si lo poseía, le dijo: claro, allí es donde vivo. Valeria se entusiasmó y le preguntó a la chica desconocida que cómo era el océano, la chica le dijo que gris, de un color gris sucio.
Valeria pensó en las lombrices y los charcos que se formaban en el fango los días lluviosos. La chica del otro lado tenía los ojos cerrados y el rostro macilento. Valeria le preguntó: estás muerta? y la otra chica le replicó, qué es eso? yo llevo viva desde antes que tú y desconozco lo que es la muerte. He oído hablar de ella por ti, pero en mi mundo sólo existe la vida; Valeria le dijo a la muchacha anónima, oye, te propongo algo, yo voy a salir a por unas lombrices al jardín, si quieres, cuando haya recogido unas cuantas, quedamos en el porche y me llevas a tu mundo. La niña extraña le contestó que no podía salir de su mundo, que sólo podía encontrarse con ella a través de la página del ataúd. Valeria le replicó, no te preocupes, yo dejaré el ordenador encendido. Ante la lógica aplastante de Valeria, la otra chica no pudo decir nada.
Valeria fue contenta hacia los arbustos del jardín y cogió tres lombrices, era verano y aunque había llovido y estaba fresco el ambiente, Valeria iba vestida con una camiseta de manga corta y unos pantalones. Volvió risueña hacia el porche y se topó con la muchacha siniestra. Le dió un vuelco el corazón, su aspecto realmente era siniestro. Valeria intentó quitarle importancia, pensó: será cosa del maquillaje, pero la otra muchacha tenía el rostro cubierto de heridas y parecían muy reales.
Valeria hizo de tripas corazón, y le cogió una mano, llevándola hacia su casa, al contacto de su piel con la piel ceniza de su huésped, sintió un escalofrío, algo que jamás antes había sentido.
Entraron juntas en la casa e inmediatamente se cerró la puerta tras ellas. La chica siniestra despareció de inmediato, pero Valeria sentía un nudo en el estómago. Miró en el espejo del recibidor y allí estaba la otra, ofreciéndole una metamorfosis que Valeria nunca creyó posible. Cuanto más se acercaba al espejo, más se difuminaban los contornos de su otro yo, y de repente, este se transformó en un gato. El gato, caprichoso como Valeria, dejó tras de sí al espejo y a la chica que lo observaba y Valeria se quedó sin reflejo. Los padres de Valeria no se dieron cuenta de este hecho y cuando su madre la dejó sin Internet, Valeria volvió a ser la misma de siempre, pero sin reflejo. En realidad, estaba contenta, porque pensaba que de esa forma, la muchacha siniestra no podría alcanzarla, pero se equivocaba... un día su madre fue a despedirse de ella, cuando Valeria se iba a acostar y allí estaba la otra, como un fantasma y le dijo: te traigo el mar para que te sumerjas en él. De repente, Valeria vió cómo el techo se acercaba hacia ella, un techo gris sucio y la tragaba. A la mañana siguiente, su madre fue como todos los días, a levantar a Valeria y halló en su lugar a una chica parecida pero de aspecto tétrico. Su madre decidió dejarla encerrada en la habitación porque tenía miedo de que se acercase a ella y desde entonces, le dejaba la comida tras la puerta, le daba unos golpes secos para que supiese que estaba ya lista, y la siniestra Valeria iba a por la comida. Pasó mucho tiempo hasta que la chica se convirtió en gato y un día, cuando fue su madre a la habitación, vió que la siniestra niña no estaba. Habia desaparecido.
La abuela le contó a la madre de Valeria su versión: le dijo que existía una antigua leyenda, según la cual las chicas podían encontrar el mar a través de los espejos y su espíritu se lo tragaban las voces de la tierra. La madre de Valeria se asustó y decidió quitar todos los espejos de la casa. De lo que no se dió cuenta fue de que en la página de Internet que Valeria tenía abierta desde el ordenador de su cuarto, estaban las dos chicas, luchando entre sí como dos gatos rabiosos en el fondo del mar, donde la presión del agua se hace insoportable, un mar de humo y confusión.
Debajo de la imagen había un mensaje que decía:
¡Despierta Valeria! ¡Despierta de este sueño! ¡Valeria...!