No quedó prueba limpia
tras el telón de oficio
de carpintero, sapo,
gestor, juez o perito,
en pulcras asambleas.
El mercante supino
de cetrerías sabias
se llevó su valido
hacia otros poblados
donde no hallasen vino
en alforjas con oro,
que siempre casa el vicio
con las llaves plomizas
o con sangre en sus filos.
Mas el tren va hacia el cetro,
las correas son sino
de vías sin su patria
donde el hombre ve el brillo
de los presbiterianos,
que hacen del cine, el niño
que de adulto es menor
y en sesiones cansino
mentor de Freud y Jung
y el veredicto es fino
cual la soga que ahorca.
La verdad es un trino
que Ofelia no parió
en madrugadas vino
el feto a las orillas
y en la venda el camino
se abrió como fangoria
a las hadas sin tino,
El micrófono suena,
tras su voz un vestigio
de orfandades vestidas
de talante marino,
el florero es la sorna
del carruaje del vivo
con su sed de flor verde,
con su sed de capricho,
en fauces de la loto
que tocó al veredicto:
no soy yo, es la espesura
de estaciones en ciclo
hacia perpetuidades.
Malditos bastardos
Hace 2 meses


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