Siluetas de bruma,
estatuas sin perfil.
El ocaso ha agitado
vuestras cenizas
con huellas inhumanas.
El sol está de parto:
la maldición
de un hogar pétreo.
Allí navegarán vuestras lágrimas,
la lluvia en manantiales.
La carcajada resuena como un eco
dentro del corazón de la caverna.
Adolescentes
doblan sus piernas por el dolor
de una patada,
la única
que necesita dar cuatrocientos golpes.
El paparazzi
congela con su cámara: momento anónimo
por un descuido
y es ahora que gime todo el silencio,
cuando descubren sus almas de termitas:
pulso gregario.
La aurora se estremece
ante el color grisáceo de las palomas,
ante el gris cráneo.
Si salamandras se posan en sus pies,
el bebé observa;
si un bombazo cae en Gaza,
el hombre calla y come berberechos.
Los muros son ecuánimes en la casa de piedra:
piel que cubre soledades.
Un baño,
una cocina,
un dormitorio.
El espejo de la ventana
es la pupila saludable,
que en su reflejo encuentra
la nueva arruga
la piedra desgastada
por la erosión de nubes de conciencia.
La materia inerte se conoce:
combate de astros
y absortos agujeros negros;
los átomos en danza
y quarks vacíos.
La nada es un invento
de los que no aman
la conocida gema,
feminidad absoluta.
Malditos bastardos
Hace 2 meses


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