La melena de diosa sobre el pecho
era oscura, carbón estremecido
y el sol se reflejaba en su teñido
mechón de pelo azul insatisfecho.
Recogía las joyas de su lecho
que eran lágrimas frías sin su nido
y el calor del amante fue vendido
sin considerar nunca su derecho.
La tormenta escampaba en el Retiro
y en sus sienes brillaba el zafiro
tan lustroso que pájaros ladrones
ignorando lo humano de los dones
actuaban cual Diosa con su amante
olvidando las preces del talante.
Malditos bastardos
Hace 2 meses


1 comentarios:
Grandioso tu soneto, Rosalía.
Te dejo un beso
Ana
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