Lo trágico de la lluvia
es su olvido de las nubes,
cuentagotas de mercromina,
que se diluye en la fisura.
El tiempo calculó mal
su frente ante los malos:
nosotros, los perdidos
en una galaxia
con nombre de vasija
que cae a tierra,
cuando los cálculos se hacen con ábacos.
Tiernos colibríes
liban de las flores derramadas,
es una Naturaleza
salvaje
olisqueando conventos
donde depositar la fe en los huracanes
que se besan próximos a la catástrofe
y lo animal.
En la próxima votación,
un sereno hará
de político, un bedel
de proxeneta y yo
seré la puta
de los votantes:
con mi desnatada natural
y su sabor a hojas
de eucalipto.
Lo más trágico de ser echada
en saco roto, es que el tiempo descuenta
el trayecto.
Soy la herejía de los relojes,
la motocicleta que no arranca
en la pantalla,
y se queda suspendida la proyección
en el pedal del embrague.
Me sé todas las circunstancias
menos una:
el camino desandado por los buenos.
Al contrario que la huella
de un gigante,
yo soy de la Coca-Cola su chapa,
no su cuerpo vestal.
Leí un capítulo de la Historia
de los marcados,
y no me quedan cuencas
donde llorar
las muertes sucesivas
de los pobres de la Tierra:
primero, haber nacido,
después, ser inmortalizado
en el Times
con una foto antes de sucumbir.
En el próximo sueño de la Lechera
me convertiré en psicópata
por si los veneradores
de la pantalla, me dan el mote de publicista
o magnate
de los huecos en los bolsillos
de los pantalones,
por donde huyen las monedas
hacia las catacumbas.
Ellas también tienen vida propia:
están en los liftings de Madonna
y en las cirugías de Jennifer López,
serán portadas de las revistas
y pedirán prestado a las horas
la llama fulgurante
de la bondad:
belleza de nuestro tiempo.
Malditos bastardos
Hace 2 meses


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