En la ventana se agolpan los cretácicos,
el rocío duele en la mentira,
en la figuración de un tiempo
adorado por lo falso.
El reloj marca sus coordenadas
como un penitente de la nostalgia
y las monjas arrebujan sus hábitos
en un vicio pasajero,
hasta que el convoy las convoque
en jornada de duelo.
Sobre la mesita,
un místico adiós,
una pasarela a la mendicidad
que tanto te acosa,
desde que probaste el camino a cuestas,
la seriedad de una lata
donde las monedas
resuenan con eco.
En tu cabeza,
su tintineo
te hace oler a rata.
Desde entonces,
te prostituyes con los buenos,
eres del coral de las alhajas,
y de la basura de lo siniestro,
que te atrapa como a una colegiala
su colección de amados cantantes.
Lo más parecido
a la apoplejía de lo obsceno
se rebobina en el carrete
de una cinta que no cura
a los creyentes
en síntomas paralelos.
Tu corazón
equidista de tu cabeza
como un funcionario de su oficio.
Pero no te creas inmune
a la verdad que te representa:
en cualquier momento
se desatará el síntoma de la vejez
y el sol se apagará
como el túnel de luz
que te lleva hacia lo perfecto.
El toro se fue de rumba
con el torero
en los barrios bajos,
donde el reguero de sangre
sabe a puta alegre.
Ya te ganaron
en cuesta arriba
y sin pendientes
de cierre mágico.
Malditos bastardos
Hace 3 semanas


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