La siniestra miseria duerme en el sinsentido
como la hebra maldita de lo inocentemente
guardado.
Tengo que poner el ruido en la boca de piedra,
pegar a los poetastros que nunca sudan lágrimas.
El vino se congela en los músculos cálidos,
sangre de Cristo,
valor ciega lo cierto,
carne de Cristo.
En mis muros reflectan la luz planes maestros
como el misterio azul del ozono asesino
Devuelven siluetas de una sombra gris y lánguida.
La cordura es vestido del reloj tan marciano
Y en el instante de huir del círculo parásito
construye falsas patrias de entereza y temblor.
Llegaré a mi ataúd con pasos de hilo negro,
Estará mi mitad en el olor a tierra
y gusanos.
Los espejos no son tan fieros como lluvia
que se bebe la astucia rechazando la piedra,
como la multitud de labios palpitantes.
Mi muñón de silencio llevará la voz lejos,
hasta el sabor a musgo de mi tierna certeza.
Temblaré como tierra. La fuga será al fin
el lugar predilecto de mi peón y habrá
mil explosiones de las blancas y negras.
Si la muerte es verdad, no hay nada más ajeno
y usando mi batuta se montará el teatro
de marionetas mágicas para que los enanos
devuelvan el helado al barquillo mojado.
Si mi instinto es capaz de barrer los otoños,
si la fuerza se escribe en este pentagrama
donde las más difusas van antes que el silencio
comprenderé por fin cómo funciona a tiempo
la feria y la bobina, y su halo azul de máquina.
No restan estribillos su maldición de esquelas:
sólo en la melodía, cuando el papel no llora.
Y así el soldado apuesto puede fumarse el miedo
sentado en su rincón donde llega la luz
poderosa de estrellas.
Por el pasillo eterno fenecen los futuros
travelling de las víctimas.
Mientras, los ojos son guantes del asesino.
¿dónde quedó mi cuerpo de esponja en la marea
que se añora con el tiempo?
Probablemente sea el agua que se escurre
hacia los pies del niño extraño como el frío.